
Réquiem final III – Difusa melodía, salmo de la hora fatal
Puedes sentir sangrar a mi alma,
como puedes leer el descaro
de un pésimo poeta redimiéndose del sol.
De una mala poesía intentando respirar.
Como dueles soledad,
en la oscura noche me haces temblar.
Son dos para la tragedia,
pero solo uno para la muerte.
Los minutos corren en mi contra
y mis esperanzas se acaban
con el latir del día y el frío de la noche.
Alma que clama por ser solo un ángel.
Peligró mi alma antes, hoy
nuevamente me rodean las garras
de la hora fatal, el silencio,
el dolor, la ausencia, el réquiem final.
Arrastrado hacia la noche,
besado por la peste,
amarrado por el cansancio,
no hay tregua en este calvario.
Silencio en las hojas que se abaten,
diáspora en el otoño que muerte trae.
Tan distante, tan débil arrastrándome
en la profusa oscuridad de la vanidad del ruido.
Claramente se desvanece la luz,
bendito por el miedo, sangro a mares
en mis letras que solo dolor traen.
Bestial soledad entre líneas sanguíneas.
De mis venas escapa el negro narcótico,
en mis nervios estalla el desenfreno,
mi disfonía, estalla el oscuro lamento.
En invierno, El clamar de un guerrero.
Los ángeles ya no cantan para mi,
la luz en mis ojos me ha abandonado,
la llama en mi interior se ha apagado,
la esperanza de esta alma sangrante se ha borrado.
Difusa melodía, rima mórbida.
Suenan las campanas en la cima,
demonios devoran mi carne,
cuervos desgarran la noche.